Somos el resultado de nuestras decisiones.

Más allá de nuestras circunstancias somos el resultado de nuestras decisiones. Incluso más allá de nuestros talentos, habilidades o competencias somos las elecciones que realizamos en determinados momentos, también, somos el resultado de aquellas personas o cosas a las que dimos prioridad en un momento concreto. Lo que vamos dejando atrás nos define, va labrando nuestro presente y determina nuestro futuro. Por eso, tomar las decisiones correctas es un proceso esencial que determina gran parte de nuestras vidas.

Pero tomar decisiones es un proceso complejo en el que intervienen al menos tres factores: la experiencia, las emociones y la voluntad. Es común entrar en situaciones de bloqueo a la hora de tomar una decisión. Nos vemos superados, entramos en una situación de parálisis por el análisis o como define, muy gráficamente, una amiga, “No logramos salir de la rotonda”.  El economista británico Hicks, sostenía que el tiempo que se tarda en tomar una decisión es directamente proporcional a la “entropía” de la propia decisión, es decir a sus alternativas, complejidad y divergencia. La aplicación de la ley de Hicks es una buena manera de abandonar ese bucle.

En primer lugar, propone reducir el número de alternativas. Hacerlo disminuye el número de escenarios posibles y, en consecuencia, simplifica la elección. Una vez lo hayas hecho, ordena las opciones, sitúa en los primeros lugares aquellas que te aporten mayores beneficios. Una vez cumplido con el segundo paso, vuelve a ordenar las tres primeras pero esta vez, teniendo en cuenta los riesgos que puede representar cada una de ellas y también la dificultad que entraña ponerlas en marcha. Con esta simple técnica acelerarás y probablemente mejorarás tu toma de decisiones.

Para profundizar un poco más, a este proceso yo le añadiría dos detalles: uno, la regla del triple 10. Piensa en como impactará tu decisión en los próximos 10 minutos, 10 meses y 10 años. La segunda, es una recomendación muy personal que te invito a no pasar por alto, pregúntate cual de las opciones te otorga un mayor control sobre tu vida.

Más factores que te ayudan a tomar buenas decisiones.

No decidas con culpa. Sentirte culpable al tomar una decisión hará que pierdas la perspectiva adaptando tu decisión a la alternativa que menos “daño” genera, en lugar de elegir la mejor opción.

No busques agradar con tu decisión. Un error frecuente es optar por la alternativa que sabes que será la más popular para los demás, aunque también eres consciente de que no es la mejor.

Evita decidir “en caliente”. Nunca tomes una decisión permanente en un estado de ánimo temporal.

Recuerda que decidir y hacer van de la mano. Nada sucede hasta que actúas, por lo que una vez tomada la decisión el siguiente paso es ponerla en marcha.

Tomar una decisión elimina las quejas. Una vez tomada la decisión debes terminar con las quejas, si se mantienen, tal vez no hayas elegido la mejor opción, revisa que no se trate de los primeros dos puntos de esta lista.

Di no al “más de lo mismo”. Cuanto tomas una decisión, normalmente lo haces para cambiar cosas que no te satisfacen, que no van como crees. Elegir más de lo mismo no cambiará esa situación.

Evita a los licenciados/as en “opiniología”. Lo peor que tiene escuchar la opinión de los demás es que pueden acallar la más importante la tuya. Vivimos en un país donde todo el mundo opina, es parte de nuestra cultura. Pero recuerda que es muy fácil opinar sobre cosas que no te afectan. No aceptes opiniones de personas que luego no tendrán que lidiar con el resultado de estas.

Decisión: lógica y emoción

Por último, debemos tener claro que las mejores decisiones se toman cuando conjugamos lógica y emoción. Así, y para que ese pacto entre la una y las otras se lleve a cabo con eficacia, necesitamos que nuestras emociones se sitúen a nuestro favor. Pero esto no siempre ocurre porque hay estados que nos recortan, que limitan nuestro enfoque mental. Son los siguientes.

La tristeza. Si tomas una decisión estando triste, apagado o melancólico hará que te conformes con lo mínimo, que no seas exigente contigo mismo ni con la situación.

La excitación. Cuando nos sentimos inyectados de alegría, de entusiasmo desbordado, excitados de emoción, tampoco solemos tomar buenas decisiones. Generalmente, nos dejamos llevar por la impulsividad.

Ansiedad. La ansiedad, el estrés, así como cualquier otro trastorno del ánimo, dificulta nuestra capacidad de decisión. No solo tomamos decisiones de las que después nos podemos arrepentir, sino que, además, nos cuesta más pensar, valorar, etc.

Lo importante de todo esto es que tenemos que abandonar esa manía de darle vueltas a los problemas en la cabeza, sin poner en marcha ninguna solución. Tenemos que arriesgarnos y tomar una decisión, dar un paso al frente. ¡No pasa nada por equivocarnos! Ya lo corregiremos.  Es mejor tomar una decisión errónea, que quedarnos pensando y pensando sin hacer nada. Ahora que ya sabéis cómo, os invito a encontrar la solución a los retos que se os presenten. Decide decidir. Somos el resultado de nuestras decisiones.