La felicidad: una casa con jardín

Maduramos más por los daños que por los años. Cómo cualquier otra estructura también el ser humano, a medida que gana en altura pierde en estabilidad. Quizá por eso, pronto aprendemos que la inocencia sólo es buena compañera para la primera parte del viaje, que una vez superemos la infancia y ganemos altura, tendremos que reforzarnos para proteger nuestra estabilidad. Cada vez más pronto nos vemos obligados a crear ciertas barreras para evitar agresiones que pueden poner en riesgo nuestra estabilidad. El problema llega cuando esas barreras no logran contener los envites y acabas con algún arañazo en el alma y sin saber muy bien como lograron alcanzarla. Nadie nos ha enseñado a gestionar emociones, quizá por eso la mayoría de nosotros ni siquiera se cuestiona si existe algún recurso distinto a la auto medicación y terminamos por administrarnos un tratamiento completo de antibióticos emocionales del tipo de “no importa” o “ya pasó” o ese otro tan común de “el tiempo lo cura todo”.  Lo que sucede, es que la mayoría de las veces sí que importa, nunca llega a pasar del todo o el tiempo que tarda curar es excesivo. Tras muchos rasguños y algunos disgustos aprendes que para conservar tu felicidad sólo necesitas tomar una cosa: decisiones. En la felicidad: una casa con jardín, vamos a revisar algunas de ellas.

La primera es: ser feliz hoy. Uno de los errores más comunes de la vida es aplazar la felicidad. Estamos tan ocupados siendo otras cosas que no tenemos tiempo para ser felices. Vivimos la vida al revés. Confundimos las prioridades, no se trata de buscar pareja para ser feliz, sino de ser feliz y disfrutarlo en pareja. Hacemos creer a nuestros hijos que ser médico ingeniero las hará felices en lugar de enseñarles que ser feliz le convertirá en un gran médico. En mi opinión este es el orden correcto, la vida es mucho es más plena si primero eres feliz y después lo que quieras. Si me mí dependiera, la felicidad sería una asignatura en todos los colegios, una de las importantes. De esas que si no apruebas te obligan a repetir el curso. Una y otra vez, hasta que aprendas a ser feliz cuanto antes.

La segunda: Cuida y ordena tu interior. Toma el control de tus emociones. La vida es mucho más complicada de lo que pensamos. Existe algún mecanismo en nuestro cerebro, seguramente un hibrido entre cortafuegos y antivirus, que tiende a dulcificar la visión que tenemos del mundo, eliminamos de él todas aquellas realidades que de ser aceptadas por nuestra mente podrían llegar a desequilibrarnos. Pero este mecanismo tan beneficioso para nuestra salud emocional tiene algunas contraindicaciones notables para la felicidad. Entre otras que hace más difícil diferenciar la vida real de la vida ideal y es precisamente esta confusión la que hace que en ocasiones no podamos entender ¿cómo en un contexto vital tan favorables nosotros en lugar de disfrutar de la vida, nos sintamos tristes, apáticos o indiferentes? Pues es sencillo, la expectativa que nos crea esta vida ideal es tan elevada, hace que esperemos tanto de la felicidad que acabamos por convertirla en inalcanzable. Ser feliz nos consiste en pasarte el día riendo, saltando o bailando, no se trata de reunir propiedades y bienes. Se trata de vivir una vida plena, de obtener serenidad, de conocer el silencio de una mente en paz consigo misma. Se trata en definitiva de conocer, controlar y gestionar tus emociones.

La tercera: Diseña y trabaja tu jardín. Toma decisiones sobre tu entorno. Es verdad que la felicidad es una puerta que se abre hacia adentro. Pero tarde o temprano tendrás que salir. Así que para ser feliz no será suficiente con cuidar de la casa en la que habitas, deberás cuidar también el terreno que la rodea. Existen múltiples doctrinas que buscan el equilibrio trabajando únicamente el “yo” interior, sin embargo, el ser humano es un ser social y esto hace que, aunque no sea imposible – ahí están los anacoretas- resulte muy difícil alcanzar una vida plena sin interactuar con otras personas. Es por esta razón por la que resulta fundamental crear un entorno favorable al desarrollo de tu felicidad. Así que además de mantener limpio y ordenado tu interior, será necesario cuidar tu jardín.

Si no lo has hecho hasta ahora, lo más probable es que te encuentres ante una pequeña jungla, donde el arrollador empuje de la vida habrá hecho su función y los árboles, arbustos y plantas- buenas o malas- se habrán instalado a capricho, formado un conjunto aleatorio de plantas y árboles sin ningún tipo de orden, ni intención. Un terreno que cada vez que cruces y por mucho cuidado que pongas, te devuelve a casa con algún arañazo. El reto ahora ordenar este caos, y ya te adelanto que no va a ser fácil. Lo más inteligente es asomarte a la ventana y proyectar desde ahí como debería ser tu entorno, dibujar un jardín que no sólo te apetezca mirar, sino que además te aporte paz.

La felicidad es una casa con jardín. Así es como yo lo veo y con esta sencilla metáfora trataré de explicarte a lo largo de estas páginas el porqué de algo que seguramente ya habrás intuido, que tu felicidad no sólo depende de ti.

La felicidad es como una casa con jardín. Una casa que debes ordenar y mantener a diario. De cuidar su interior, obtendrás la paz y el equilibrio necesarios para disfrutar de una vida más plena. Cuidar las emociones es una necesidad que cada vez más gente tiene interiorizada, sin embargo, la mayoría de esas personas están tan concentradas en trabajar su interior que olvidan que tarde o temprano tendrán que salir. De hecho, en una vida equilibrada pasaremos fuera dos tercios de la vida.  Por eso para ser feliz no es suficiente con ordenar el interior, habrá que trabajar también el jardín. El entorno más próximo. Tendrás que abonar y regar algunas relaciones y podar o incluso arrancar otras, esa parte de la vegetación que no te permite ver la vida tan bella como realmente es.