5 Razones por las que la competencia no es una buena idea

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Juanma Quelle

Coach ejecutivo y de personajes públicos. Speaker internacional y escritor.

 

“Es tal el afán por clasificarnos que hemos convertido la vida en un concurso”

Los humanos somos seres cooperativos por naturaleza, quizá por esta razón cuando un niño termina de pintar su dibujo, acude a ayudar a sus amigos a terminar los suyos. Competir no forma parte de nuestro ADN, es una conducta inducida. En algún momento de nuestra infancia dejamos de cooperar para convertir nuestra existencia en una competición. De repente algo cambia, ya no puedes ser quien eres. Tienes que entrar en la rueda. Debes ser el mejor. El número uno.

Desde la importancia que dan los padres al momento en el que un bebé comienza a caminar, preferentemente antes que el resto de los bebés de su entorno, hasta las calificaciones que recibimos en los estudios o las evaluaciones del desempeño profesional, todo esta organizado para clasificarnos. Lo peor de esta compulsión competitiva es que para ser el mejor en algo, necesariamente todos los demás tienen que ser peores que tú, y eso en esencia encierra una perversión. Este artículo incide en la idea de cómo en ese afan por clasificarnos, hemos convertido la vida en un concurso con el daño que esto produce en el bienestar de las personas.

Un artículo del psicólogo social Charles Handy realizaba una potente metáfora, la gran diferencia que hayentre las carreras de caballos y los maratones. En una carrera de caballos, los tres primeros cuentan, el resto son ‘fracasados”. Mientras que, en un maratón, todo el que termina “gana”, porque el objetivo de casi todo el mundo es solamente terminar, y si es posible mejorar su tiempo anterior. El ambiente al final de una maratón, con todo el mundo agotado pero feliz, es notablemente diferente del de una carrera de caballos, en la que un reducido grupo está alegre, pero la mayoría se siente abatida y decepcionada.

Como dice Handy, podemos organizar la vida y las organizaciones de manera que sean carreras de caballos o maratones. En las primeras, competimos contra otros (y, en consecuencia, muy pocos resultan ganadores) mientras que en los segundos “competimos” contra nosotros mismos, y podemos ganar casi todos. Por eso, siempre será mejor optar por los maratones, porque al final de las carreras de caballos ganan tan pocos que uno tiene la sensación de “participar en una asamblea de perdedores, no de ganadores”.

En el mundo de la empresa la competencia suele resultar destructiva, porque se utiliza como una especie de herbicida selectivo que desecha lo más débil. Esa clase de competencia no sólo divide, consigue que la gente esté en un estado permanente de preocupación y ansiedad, especialmente cuando el castigo por perder puede ser el despido.

La sombra de un despido, una de las dinámicas de presión laboral más extendida, lejos de lograr su objetivo de aumentar la competitividad, hace que los empleados inicien juegos políticos con el fin de protegerse y terminen dedicando más energía a no perder que a ganar. Lo que la convierte esta sutileza neoliberal en dañina para las personas y muy poco eficaz para las organizaciones.

Otra de las perversiones muy extendidas son los rankings, los hay de todo tipo y para todos los gustos. Clasificaciones repletas de comparaciones odiosas y a menudo disparatadas que, en la mayoría de los casos, además de producir daños a los individuos comparados, son subjetivos y manipuladores; además de estar compuestos, mayoritariamente, por criterios de orden caprichosos y sesgados por un marco mental perverso.

5 razones por las que la competencia no es una buena idea

 Competir no aporta al bien común: la competencia nos hace reactivos, agresivos, cerrados a nuevas ideas y hostiles a las alternativas. El encaprichamiento por ser el número uno, esa lucha por ganar a los demás en el trabajo, la escuela y en el resto de los ámbitos, nos convierte a todos en perdedores. Nos han taladrado el cerebro con el paradigma de que la competencia es algo inevitable y deseable hasta convertirlo en pensamiento único.

Por eso, hay que revisar el papel que hemos dado a la competencia en la sociedad y en nuestras propias vidas.  La motivación no se agota por la falta de competencia, ni rinde más por competir. Ese es otro viejo engaño, porque el deseo de esforzarse rara vez proviene de querer ganar a otros.

La competencia genera ansiedad: es así porque la posibilidad de terminar como un perdedor nos angustia. La tensión de ganar, o no perder, tiende a inhibir el desempeño. También puede afectar a la autoestima porque, por sistema la mayoría de los competidores pierden. Por eso, la investigación y la experiencia demuestran que la competencia es psicológicamente destructiva y venenosa para nuestras relaciones.

Cualquier cuestión en el que el éxito de una persona dependa del fracaso de otra está destinado a ser contraproducente. Y lo mejor, siempre queda una alternativa más saludable para motivarse: comparar el desempeño de uno con algún estándar absoluto o simplemente con cómo lo hicimos el año anterior.

La competencia es clasificadora y excluyente: nos encanta clasificar hasta el punto de llegar a crear escasez artificial, como premios, distinciones fabricadas de la nada para que algunos no puedan obtenerlas. Cada concurso, cada ranking implica la invención de un estado aspiracional donde no existía ninguno antes y seguramente porque no era necesario que existiera.

Un buen ejemplo es la educación, la puntuación de los exámenes estandarizados, si esos números. Como sabe cualquier educador, no captan la mayor parte de lo que es significativo sobre el aprendizaje; en cambio, fomentan las comparaciones sin sentido entre alumnos y también entre colegios. Podríamos decir que son un elaborado dispositivo de clasificación, destinado a separar el trigo de la paja. Y peor aún, los profesores se ven presionados a enseñar a sus alumnos para que aprueben los exámenes, renunciando a lecciones potencialmente mejores para su educación.

La competencia no estimula el intercambio de ideas, talentos o habilidades: genera desconfianza y hostilidad. Produce redundancias entre personas intentando resolver los mismos problemas porque no cooperan. Crea una mentalidad de adversario que hace que la colaboración productiva sea menos probable y fomenta la falsa creencia de que la excelencia o el éxito en sí mismo es sólo un juego.

¿Pero cuál es la alternativa? el aprendizaje cooperativo. Cuando se anima a trabajar en parejas o en equipos para ayudarse mutuamente a aprender, los participantes se sienten mejor consigo mismos, se gustan más y desarrollan estrategias cognitivas más sofisticadas que dan como resultado un mayor aprendizaje. La clave está en impulsar la idea no individualista, de la interdependencia y la responsabilidad, como elementos básicos para alcanzar el éxito.

La competencia distrae de lo principal: centrarse en ganar a menudo desvía la atención del objetivo que se persigue con la tarea. El desempeño óptimo se consigue cuando ese trabajo se percibe como satisfactorio y desafiante por sí mismo y no cuando se convierte en un medio para alcanzar una meta externa, como la de ser el número uno.

La investigación sugiere que la competencia de forma temporal puede resultar motivadora en tareas simples y rutinarias. Tareas que cuesta que sean intrínsecamente motivantes. Pero cuando se trata de la resolución de problemas de cierto nivel o que requieran creatividad, no hay forma más segura de socavar la calidad de la solución que organizar un concurso.

En resumen, la competencia se basa en la motivación externa, así que cuando nos comprometemos a «ganar», eliminamos la diversión y el juego de la experiencia, y de esa forma la empobrecemos. Cuanta más energía dedique un individuo u organización a luchar por ser el número uno, menos probable es que pueda conseguir y mantener una calidad auténtica. La conclusión es que la productividad óptima no solo no requiere competencia, sino que se consigue solo cuando no la hay.

Por lo tanto, y a tenor de lo expuesto la mejor cantidad de competencia en una organización es ninguna.